Tras los estragos de la crisis industrial, la antigua steel city o « ciudad de acero » de los Estados Unidos se ha reinventado, convirtiéndose en un hub de innovación, pero hoy su principal reto es mantener la promesa del programa « One Pittsburgh »: ser una ciudad capaz de incluir al mayor número posible de personas en una nueva dinámica de crecimiento.

Pittsburgh es una ciudad superviviente. Esta capital estadounidense, buque insignia de la industrialización triunfal de principios del siglo xx, ha sido testigo del declive y el cierre de sus acerías. La que fuera « ciudad de acero » de Pensilvania se fue oxidando de crisis en crisis hasta convertirse en un caso emblemático de ciudad en decadencia, como otras estrellas apagadas del rust belt o « cinturón de óxido », formado por las grandes ciudades del Medio Oeste venidas a menos.

Pero Pittsburgh nunca ha tirado la toalla. Con los dos planes de revitalización de la ciudad —conocidos con el nombre de « Renaissance » (renacimiento)— que se pusieron en marcha después de la Segunda Guerra Mundial y tras la crisis de la década de 1970, Pittsburgh inició un giro hacia el sector terciario. Hoy, sin embargo, prefiere hablar de resiliencia. Sus últimos planes de acción, inspirados en el programa P4 (People, Planet, Place, Performance), tienen como objetivo ayudar a la ciudad a hacer frente a las transformaciones lentas, pero también a resistir frente a las crisis y sacudidas que forman parte de la realidad de las metrópolis actuales.

La instalación en Pittsburgh por Uber en su banco de pruebas para vehículos autónomo es uno de los símbolos del nuevo atractivo de la antigua « ciudad de acero ».

En el año 2017, Pittsburgh adoptó un plan estratégico de resiliencia, bautizado con el nombre de ONEPGH (One Pittsburgh), que se inscribía en el programa « 100 ciudades resilientes ». El alcalde William Peduto escribió en la carta de presentación que envió a sus conciudadanos: « el camino de la resiliencia empieza por reconocer nuestro pasado reciente, [una sucesión] de picos de éxito y valles de decepciones ».

Este examen sin concesiones muestra experiencias muy exitosas, como el giro de la economía hacia lo digital, que ha contribuido a hacer de Pittsburgh un « hub de innovación » —como muestra el estudio de La Fabrique de la Cité—, pero también revela una fragmentación social, racial, cultural y económica de la ciudad, una fragmentación que, si no se está alerta, podría constituir el germen de una crisis futura.

« The smoky city »

Situada en una zona colmada de recursos naturales, en la confluencia de tres ríos, y con gran abundancia de minerales y madera, Pittsburgh creció al calor de sus fábricas de acero: en 1909, solo en esta ciudad se producía la mitad de todo el acero de los Estados Unidos. Esto se reflejó en el crecimiento de su población, que llegó a alcanzar 670.000 habitantes en 1950, una cifra que hoy se ha reducido a la mitad.

La elevadísima contaminación del agua y del aire es la otra cara de esta moneda que ha perdido su antiguo lustre. « En 1868, la prensa ya llamaba a Pittsburgh ‘the smoky city’ », según puede leerse en el estudio de La Fabrique de la Cité. El cierre de las acerías no terminó con el calvario de los habitantes de la ciudad, y hoy Pittsburgh es una de las ciudades más contaminadas de los Estados Unidos. El transporte ferroviario a lo largo de las orillas de los ríos y la actividad de cerca de 300 centrales eléctricas de carbón en la zona provocan importantes picos de contaminación por partículas en la ciudad.

Al margen de este punto negro, hay otros problemas que aquejan a Pittsburgh y que el alcalde William Peduto señaló como retos para la resiliencia: las infraestructuras obsoletas; los rigores del clima, agravados por las recientes alteraciones climáticas (inundaciones, tormentas de nieve, corrimientos de tierras); la difícil conversión de la economía; el desempleo, y los conflictos raciales.

Alianzas público-privadas

En Pittsburgh, la planificación urbanística, la vivienda y los transportes son retos que vienen de lejos. El plan « Renaissance 1 », adoptado inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, pretendía llevar a cabo una reordenación de la ciudad y descongestionar el centro urbanizando las colinas circundantes y construyendo puentes. Tenía la particularidad de poner en relación la esfera pública con la privada, el ayuntamiento con la industria. El plan « Renaissance 2 », que se puso en marcha como respuesta a la crisis de la década de 1970, marcada por los cierres de fábricas y el aumento del paro, también se basó en alianzas público-privadas, en la innovación y en la investigación académica. El objetivo era posicionar la ciudad en los sectores de las finanzas, la alta tecnología y la investigación en los ámbitos de la robótica, la informática y la medicina.

Por ejemplo, según detalla el estudio de La Fabrique de la Cité, la relación que se estableció entre el UPMC Shadyside Hospital y los laboratorios de investigación de la Universidad de Pittsburgh ha permitido al hospital « mantenerse desde hace tiempo en la vanguardia de la innovación médica ». En los ámbitos de la inteligencia artificial y la robótica, la Universidad Carnegie Mellon desempeña una función similar con las start-ups. La llegada de Uber y la instalación en Pittsburgh de su terreno de pruebas para vehículos autónomos son uno de los símbolos de ese nuevo atractivo de la antigua « ciudad de acero ».

El reto de « One Pittsburgh »

Pero ¿es posible que tras estas « historias de éxito » se oculte, como ocurrió en su día con los altos hornos, el germen de la vulnerabilidad y la inestabilidad? Las autoridades de la ciudad ya han observado varios indicios, como la dificultad de transformar la innovación surgida de la investigación científica en empleo local o de que las start-ups crezcan hasta convertirse en verdaderas empresas y creen empleo.

La gentrificación de la ciudad y la segregación socioespacial constituyen otro efecto secundario indeseado del salto digital que ha dado Pittsburgh. « Todos los habitantes no se han podido beneficiar del impulso actual de la economía », afirma el alcalde, que concluye con lo que ya se ha convertido en el mantra de la ciudad en la que aspira a convertirse Pittsburgh en el futuro: « One Pittsburgh », es decir, una ciudad para todos, sin fracturas abiertas, sin que nadie quede a un lado.

El hub de innovación que es hoy Pittsburgh está obligado una vez más a ser resiliente y a aceptar el reto de « incluir al mayor número posible de personas en su nueva dinámica de crecimiento ». La Brookings Institution y TEConomy Partners —citados en el estudio de La Fabrique de la Cité— opinan que, si no es así, las bases de la renovación económica se verán amenazadas y la ciudad avanzará inexorablemente hacia una nueva crisis.

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