La industria y las administraciones públicas se movilizan en favor de la movilidad eléctrica. Hay que afrontar numerosos retos en cuanto a infraestructuras de suministro, almacenamiento e impacto medioambiental. Pero esta revolución tecnológica e industrial debe ir acompañada de una transformación de los hábitos.

El coche ya no se puede reducir a un medio de movilidad personal. Hoy se buscan soluciones de movilidad, y eso lo cambia todo, empezando por la cadena de valor de la industria automovilística y de su ecosistema.

De hecho, cerca de doscientos años después de su invención, la movilidad eléctrica empieza a desarrollarse. Hace apenas quince años que, bajo la presión de imperativos ecológicos en un contexto de calentamiento global, el vehículo eléctrico parece haberse convertido en “la” solución.

Mientras que en el año 2019 los coches eléctricos e híbridos recargables alcanzaban una cuota de mercado del 5 % o superior solo en ocho países, en 2020 han superado el 10% de las ventas en 13 países, todos europeos. Entre esos países se encuentra Francia (11ª en la clasificación mundial), con una cuota de mercado del 11,3%.

El coche ya no se puede reducir únicamente a un medio de movilidad personal. Actualmente, lo que se buscan son soluciones de movilidad.

El coche eléctrico tiene éxito, pero no es el único vehículo que hay que considerar. El patinete eléctrico, la bicicleta eléctrica, el segway, el autobús, los vehículos pesados, el barco e incluso el avión son vehículos que proponen soluciones de motorización eléctrica o en los que se está trabajando para lograrlas.

Los estados se movilizan

Los fabricantes no son los únicos que se han puesto manos a la obra. Los estados también se están movilizando. En diciembre del 2018, los ministros de economía francés y alemán firmaron un acuerdo con el objetivo de aumentar la capacidad industrial de sus territorios en cuanto a producción de baterías e instalación de infraestructuras de recarga.

Inmediatamente después, la Comisión Europea apoyó la Alianza Europea de Baterías (AEB), que reúne a 14 estados miembros y 42 empresas. Este proyecto, dotado con 2.900 millones de euros, debería permitir desbloquear tres veces más financiación procedente de la inversión privada. A través de su plan de acción Estrategia de Movilidad Sostenible e Inteligente, la Unión Europea se ha propuesto un objetivo ambicioso: 30 millones de coches eléctricos en las carreteras en el 2030.

En Francia, el plan de recuperación económica post-COVID dedica todo un apartado a la movilidad eléctrica. En primer lugar, mediante el apoyo a la demanda a través de mecanismos de ayuda a la compra concentrados en los vehículos eléctricos. En segundo lugar, por medio de una ayuda a la inversión destinada a transformar el sector del automóvil. Y, por último, trabajando por la transformación de las competencias de los trabajadores para adaptarse al desarrollo del sector.

Por su parte, China ha prorrogado hasta el 2022 las ayudas que se conceden para la adquisición de vehículos eléctricos. El Gobierno chino también tiene previsto endurecer la legislación sobre las inversiones y la producción en el sector del automóvil para que en el año 2025 uno de cada cinco coches que se vendan sea eléctrico, frente al 5% actual.

En los Estados Unidos, el nuevo presidente, Joe Biden, ha decidido dedicar 174.000 millones de dólares al sector del vehículo eléctrico para financiar proyectos industriales de montaje de automóviles o de producción de baterías.

El reto de los puntos de carga

Estos esfuerzos son aún más importantes porque los nuevos sectores de los vehículos bajos en carbono suponen afrontar numerosos retos. El primero de ellos tiene que ver con el despliegue de infraestructuras, en particular, de estaciones de recarga eléctrica.

Según el Observatorio Europeo de Combustibles Alternativos (EAFO), en la actualidad Europa solo dispone de 225.000 puntos de carga públicos. La Comisión Europea tiene el objetivo de llegar a 3 millones de estaciones de recarga eléctrica y 1.000 de hidrógeno en el territorio de la Unión de aquí a 2029, con un objetivo intermedio de 1 millón en 2024.

Estas cifras son mucho más elevadas que al otro lado del Atlántico, ya que los Estados Unidos aspiran a haber llegado “solo” a medio millón de puntos de carga en el 2030, frente a los 100.000 actuales, muy lejos de China, que a mediados del 2020 ya contaba con más de 1,3 millones de puntos de carga, de los cuales más de 550.000 eran públicos. Por su parte, Francia, que dispone de 30.000 puntos de carga públicos, cuenta con llegar a 100.000 a finales del 2021.

Cabe destacar que uno de los países pioneros en este ámbito es europeo. Se trata de Noruega. Siempre a la vanguardia, su capital, Oslo, que dispone de más de 3.000 estaciones de carga para menos de 700.000 habitantes, se alió en el año 2020 con el fabricante de automóviles Jaguar Land Rover para ofrecer una red de puntos de carga por inducción con el fin de alimentar los taxis eléctricos de la ciudad.

La carrera por la optimización de las baterías

El otro gran reto es el de las baterías eléctricas. Actualmente, la tecnología con mejor rendimiento utiliza el ion de litio. Gracias a la industrialización de los procesos, dentro de dos o tres años, las baterías del mismo tamaño serán cuatro veces más potentes.

En este ámbito, Tesla, la compañía de Elon Musk, tiene grandes aspiraciones. Con su producto de última generación, la batería 4680, el director general de Tesla espera reducir a la mitad el coste del kilovatio hora y aumentar la autonomía un 54%.

Para ello, el multimillonario cuenta con sus Gigafactories de Nevada, Nueva York y Shanghái, pero también con la de Berlín, que está previsto que se inaugure en verano del 2021 y en la que se fabricarán baterías, motores y vehículos, entre ellos el último modelo de la marca: Model Y.

El problema es que la electricidad producida para alimentar una batería eléctrica o producir hidrógeno para una pila de combustible (otro horizonte prometedor de la movilidad eléctrica) no siempre es libre de carbono. En muchos casos aún procede de centrales de carbón o de gas. Sin embargo, están surgiendo iniciativas “ecológicas”, como la de la empresa Lhyfe, de Nantes, en el oeste de Francia, que ha incorporado una planta para producir industrialmente hidrógeno por electrólisis a partir de energía eólica desde el 2021.

Transformación de los hábitos y digital

Pero la revolución tecnológica e industrial no llegará a buen puerto si no hay una transformación de los hábitos, en particular, a través de las soluciones digitales, y es que el desarrollo del mercado y de la movilidad eléctrica va acompañado de la creación de plataformas de datos, de aplicaciones y de todo un ecosistema, porque el vehículo eléctrico también está conectado.

Por ello, se ha convertido en el centro de interés de los proveedores de productos y servicios que quedan fuera del alcance de la industria del automóvil clásica. De ahora en adelante, fabricantes de automóviles, operadores de telecomunicaciones, compañías de seguros, entidades financieras y fabricantes de hardware y software, además de las instituciones públicas, deben cooperar a través de plataformas digitales.

16/09/2021